domingo, 27 de mayo de 2012

Amanece en la T4


Amanece en la T4.
 Esperamos un nuevo vuelo que nos acerque a casa, hacemos tiempo, caminamos despacio por esos inmensos pasillos que poco a poco se llenan de viajeros, los miramos uno a uno cuando con ellos nos cruzamos. Tengo a mi pequeño cogido en un fuerte abrazo. Al mirar por la enorme cristalera vemos como el sol se despereza y surge por entre los cerros de Torrejón. Miro a mi hijo y veo en su rostro una sonrisa que se me contagia, me doy cuenta que ese instante es un momento prodigioso,  junto a mi pequeño puedo disfrutar del glorioso y mágico espectáculo que es ver al sol naciente surgir con quietud, rayo a rayo; sin prisa alguna, podemos ver como por el horizonte se eleva -desplazando a las tinieblas de la noche- el victorioso disco solar; y, como hizo mi padre antes, y antes de el mi abuelo, le señalo al cielo, y en un susurro al oído le digo: "¡Mira hijo! Esto es un maravilloso milagro que cada día ocurre. ¡No lo olvides!". No sé si me comprende, mas su sonrisa es suficiente respuesta, y si Dios quiere, nos quedan muchos amaneceres aún por disfrutar juntos.
La cálida luz ilumina las anónimas vidas de los viajeros que se cruzan sin apenas mirarse los unos a los otros;  vidas encerradas en su propios mundos como gusanos de seda encerrados en sus capullos. Quizás de esa seda algún día salgan hermosas telas.